http://iparla.wordpress.com/iparla/
11
Todos los pueblos del mundo afirman su pretensión de vivir libres y seguros en su patria libre, con el territorio y los recursos que la constituyen, de preservar su libertad e identidad nacionales por todos los medios posibles frente a la agresión y la ocupación imperialista y colonialista, de mantener sus propios derechos de autodeterminación y legítima defensa.
La lucha por la libertad nacional es una lucha por la supervivencia que implica la lucha por la dignidad humana, por los derechos de identidad y personalidad. El que no ha comprendido eso no entenderá nunca la persistencia y la extensión de los movimientos de liberación nacional a través del mundo.
El nacionalismo imperialista oprime, reprime, amenaza, secuestra, roba y mata. Pero si el imperialismo puede, a veces, someter y destruir a los pueblos, no hay pueblos que resisten al imperialismo y pueblos que se someten. Los pueblos no se someten nunca si tienen fuerzas para impedirlo, no aceptan nunca los derechos de agresión y de conquista. Los pueblos resisten porque existen, existen porque resisten. Su resistencia misma “hace que un pueblo es un pueblo” identificable bajo la agresión, la ocupación y el terrorismo imperialistas. La lucha por la libertad nacional es signo y expresión vital. Lleva en sí misma su fundamentación y su justificación inmanentes, porque es imposible e impensable la resistencia política e ideológica frente a la agresión imperialista y la ocupación totalitaria sin las condiciones sociológicas y culturales generales que las preceden, constituyen, explican y hacen necesarias.
Los pueblos subyugados luchan por su libertad mientras están vivos, y si dejan de hacerlo es porque están ya muertos, aunque el punto de irreversibilidad sea incierto y la aparente muerte clínica recele a veces hibernaciones o letargias funcionales de aventurado diagnóstico y sorprendente desenlace.
En política internacional nadie considera, respeta ni reconoce a los débiles, los indefensos y los sumisos. Un pueblo que se reconoce inexistente o inferior no es o no es ya completamente un pueblo. Es juguete y víctima segura de sus predadores, a los que ni siquiera reconoce como tales, más fuertes, mejor armados y bien determinados, por su parte, a acabar con él. No puede esperar el reconocimiento de nadie el pueblo que no se reconoce a sí mismo en su propia sociología y en su propia historia. Incapaz de acceder a las relaciones internacionales con estrategia e institución estatal propias, ha perdido su propia estima y la de los demás.
Los pueblos que no construyen, preservan o restauran su propio Estado no existen para la “comunidad internacional”. “Un pueblo que todavía no tiene su Estado no merece que perdamos el tiempo hablando de él”. Todos sus esfuerzos por hacer valer su entidad étnica, histórica y política serán inútiles. No será tomado en serio por nadie, sólo encontrará la incredulidad, la chacota, el desdén, el desprecio de todos. No será el asombro del mundo, sino su hazmerreír.
Los pueblos que no luchan por la libertad son ya pasto de predadores y carroñeros, o escoria, “basura de pueblos” a reciclar o incinerar por los Servicios de recuperación y saneamiento. Sólo hay un medio de recobrar la dignidad internacional perdida: la resistencia estratégica al imperialismo, la lucha determinada y obstinada por la recuperación de la independencia y la creación o la restauración del propio Estado.
“Los dioses ciegan a quienes quieren perder. Los seres que no se defienden son siempre los mismos, ven que el abismo se abre ante ellos y, sin embargo, se precipitan en él”. Hay pueblos que desaparecen entre el estruendo y el fragor de las batallas y de las luchas socio-políticas. Otros salen humilde y discretamente de la historia estratégica, el camino más rápido para salir de toda historia, porque la limitación absoluta o relativa de sus fuerzas no les permite otra cosa. Y hay otros que, incapaces de utilizar las fuerzas reales de que disponen, salen de ella haciendo el ridículo.
La estrategia, forma dinámica de la relación de fuerzas, constituye la política. Sin estrategia no hay política. Toda política implica una estructura estratégica de fines y medios que produce, conserva, modifica y realiza la relación de fuerzas de violencia en que se funda. Los medios constituyen los fines, pero los fines constituyen los medios. La profundidad de los fines condiciona y produce la extensión de los medios. Los pueblos sólo se movilizan para fines que lo merecen.
Un pueblo puede tener conciencia de su realidad nacional, política, histórica, sociológica, sin acceder por eso al “momento” político, a la condición de actor de nivel estratégico, protagonista de su propia política. El pueblo que carece de estrategia propia hace necesariamente la de los demás. Si no desarrolla su voluntad de libertad nacional en la estrategia que lo cualifica permanentemente para las luchas ideológicas y políticas internacionales está perdido. Sin base estratégica, en una sociedad ideológica y psicológicamente enferma y maltrecha, la pretendida oposición se agota, degrada y desintegra. Oportunismo, demoralización, desmovilización, inhibición llevan a la sumisión, la colaboración, la complicidad y la traición, en un proceso acelerado e irreversible de liquidación política letal para toda oposición democrática. Quien renuncia al imperativo estratégico como base y estructura de comportamiento, adopta la estrategia y hace la política del fascismo y el imperialismo.
En el mundo en que vivimos, no hay trucos, atajos, rodeos ni soluciones de facilidad que permitan hacer la economía de una línea estratégica acorde con la realidad de las fuerzas en presencia. El que todavía no se ha enterado de eso es un peligro mortal para el grupo social que dice representar o defender.
La historia moderna del Pueblo vasco es exponente de su dificultad e incapacidad recurrentes para acceder al nivel estratégico, e incluso para comprender la naturaleza de la política. La simple consideración de sus productos culturales permite apreciar que no le han faltado cronistas y documentalistas más que historiadores, etnógrafos más que sociólogos, filólogos más que lingüistas, leguleyos y administradores más que juristas, teólogos y moralistas más que políticos. Pero la cuestión estratégica, objeto final del arte y la ciencia aplicados de la guerra y la política general, ha sido constantemente ignorada. En su lugar, discursos idealistas, wishful thinking, cuentos chinos, novelas rosa y poemas románticos ocupan la literatura y los discursos oficiales.
En las condiciones políticas, económicas y culturales que siguieron a la conquista, la ausencia de una escuela propia de las ciencias sociales se hace cruelmente notar y no se ha subsanado nunca. Todas las facciones institucionalistas tienen manifiesto interés en mantener al país en el subdesarrollo cultural e ideológico que es efecto y causa del subdesarrollo político.
El Pueblo vasco, en las condiciones del segundo franquismo, no tiene una política equivocada, no tiene ninguna. Toda su virtualidad popular se ha visto arruinada por retraso, primitivismo y subdesarrollo cultural, ideológico y político, con el decisivo concurso de los institucionalistas armados y desarmados. Políticamente aherrojado e ideológicamente amordazado por el fascismo internacional, ha demostrado de nuevo, durante los últimos cincuenta años, su incapacidad estratégica para afrontar el imperialismo franco-español. Su inteligencia política, lastrada por el subdesarrollo y la perversión de la cultura, embotada por la dominación alienígena y la colaboración, está hoy tan deteriorada que le impide comprender, cuando más falta le hace, la misma naturaleza de la política y del imperialismo.
Como generalmente ocurre con los pueblos primitivos, esconde su debilidad con atentados, heroicas aventuras, algaradas tontas o arrebatos fútiles y fatuos, pero se muestra incapaz de afrontar la visión estratégica de los Estados modernos, la continuidad, la constancia de su hipertrofiada administración.
El Pueblo vasco tuvo su modesta oportunidad en las condiciones de la postguerra y la crisis del franquismo. No es seguro que la tenga después de cincuenta años de sabotaje institucionalista armado y desarmado. La historia no espera a los incapaces de discernir y aprovechar las encrucijadas políticas decisivas.
Otros pueblos tanto o más defavorecidos han mostrado capacidad de percepción de la realidad política, lucidez estratégica, rapidez de adaptación, reacción e iniciativa espontánea o mediada, articulación operacional de su virtualidad asociativa, que les han permitido compensar una inferioridad inicial con frecuencia abrumadora y resistir a la agresión con éxito considerable.
Los institucionalistas indígenas adujeron la dictadura soviética y el carácter “tribal” del conflicto yugoslavo para explicar los movimientos de independencia de los demás, negando toda relación con el caso vasco donde, según parece, no hay tribus ni dictadura ni derecho de autodeterminación.
Pueden considerarse diversos factores diferenciales en la historia comparada de los Estados escandinavos, bálticos, caucásicos, balcánicos, pero no puede soslayarse el dato decisivo de que los institucionalistas armados y desarmados no tuvieron allí participación ni equivalencia, ni fueron modelo para nadie. De otro modo, no sería la independencia, sino la consolidación de los imperios, “en espera de las próximas elecciones, una nueva etapa de persuasión y diálogo, profundización de la democracia, progreso paso a paso, lucha armada y negociación inevitable, en ausencia de toda violencia”, es decir de represión y genocidio, lo que habrían encontrado y seguirían esperando los alógenos soviéticos y sus vecinos. Un pueblo puede sobrevivir a veces a conquistas, guerras, ocupaciones, depredaciones, epidemias o catástrofes naturales. Pero una calamidad como los institucionalistas armados y desarmados parece imposible de superar. Ni una demografía como la del imperio chino podría lograrlo. Ni toda la potencia de fuego de la Sexta flota se mantendría (a flote) con ellos al timón.